"Es imposible “ir adelante” en la vida eclesial sin haber asumido todo lo que el Concilio fue" 

 

 Mons. Eduardo Castillo Obispo Auxiliar de Portoviejo  Presidente del CEPSIC 

¿Cómo definiría usted al Concilio Vaticano II y sus efectos en una frase?

El mensaje de fondo del Concilio Vaticano II lo podría resumir, consciente de la dificultad que esto implica, en que el servicio y la adoración a Dios (que es el sentido último de la vida humana) son inseparables del servicio al hombre y a su realidad histórica, y que ambos aspectos se implican recíprocamente. Y en relación con su impacto eclesial, lo resumiría en el hecho de que, en la vida de la Iglesia es ya ordinaria la preocupación de que todas las acciones pastorales siempre tengan dimensión comunitaria y de evangelización.

¿Cómo definiría usted el cambio experimentado en la Iglesia “antes” y “después”?

Ciertamente, los cambios experimentados por la Iglesia después del Concilio Vaticano II, en relación a los años anteriores, no han dependido de manera exclusiva del evento conciliar. Otros factores han tenido también gran peso, como, por ejemplo, el nacimiento de la “postmodernidad” y el intenso proceso de urbanización e industrialización. Sin embargo, es indudable que el Vaticano II determinó profundamente los rasgos de la Iglesia Católica en las décadas posteriores. Cambios que se los podría caracterizar, en lo espiritual, como una prevalencia de lo “vivencial” por sobre lo doctrinalmente explicado; en lo organizativo, por el acento puesto en la “corresponsabilidad” de todo el pueblo de Dios; y, en lo pastoral, por una mayor especialización en los ámbitos de evangelización (pastorales juvenil, familiar, de caridad, etc.). Lo resumiría diciendo que es como pasar de poner el acento sobre el “qué” de la Iglesia y de la fe (contenido e identidad), a ponerlo un poco más en el “para qué” de los mismos (misión y sentido).

¿Cuáles documentos, según su opinión, tienen la mayor importancia, y por qué?

No es tan fácil decirlo. Porque hay documentos, como las constituciones, que, por su nivel magisterial y por la amplitud de los temas tratados (liturgia, doctrina social, revelación, eclesiología, etc.), han tocado amplios sectores de la vida eclesial; y otros documentos, como los decretos y declaraciones, que, si bien poseen un estatuto doctrinal y magisterial inferior, abordan con frecuencia cuestiones delicadas o de especial novedad (libertad religiosa, ecumenismo, diálogo interreligioso). Considero, en todo caso, que la constitución dogmática sobre la Iglesia (Lumen Gentium) podría considerarse uno de los más importantes, ya que, al ser uno de los primeros documentos en ser aprobados y contener el marco doctrinal de numerosos temas (revelación, historia de la salvación, eclesiología, ecumenismo, jerarquía, laicos, vida consagrada, trabajo, etc.), dio el “sello distintivo” a la mayoría de los otros documentos. En este sentido, las categorías fundamentales de “Pueblo de Dios” y de “comunión”, así como la importancia del compromiso con las realidades históricas, las encontramos tanto en los otros documentos conciliares como en la teología y las iniciativas pastorales posteriores.

50 años después del Concilio hay voces que quieren ir “un paso atrás”, exigiendo reflexionar y revocar algunos puntos del Concilio, por ejemplo, en la Liturgia. ¿Qué piensa usted sobre estas ideas?

Evidentemente, ninguna propuesta de “volver atrás” tiene sentido. Es contraria al sentido de la historia y la misma revelación, a la antropología cristiana, y a todo. Además, si bien la fe tiene que ver con la superación de lo “negativo”, busca llegar principalmente hacia la plenitud de lo “positivo”. Indiscutiblemente tiene una dimensión de sacrificio y “destrucción”, pero para llegar a la resurrección y la liberación. Por ello, la fe es más “proactiva” que “reactiva”.

Dicho esto, y excluyendo posiciones extremas y reactivas, considero que es muy sano, a cincuenta años del evento conciliar, procurar entender el mensaje específico del Concilio y evaluar con calma sus aportes para la vida de la Iglesia durante estas cinco décadas. No toda reflexión crítica sobre el Concilio es negativa. Porque es indudable que el contexto cultural, político, religioso, teológico y demás, así como los desafíos pastorales actuales, tienen importantes diferencias con los de mediados del siglo pasado. Además, el Vaticano II fue un concilio particularmente atento al lenguaje y al contexto de su época, y con especial preocupación por ser fácilmente comprendido; por ello no es posible “leerlo” enteramente con los ojos y mentalidad de nuestro momento histórico.

El tiempo transcurrido explica la publicación de numerosos estudios históricos sobre el Vaticano II desde hace ya varios años, así como el impulso de Benedicto XVI a la reflexión sobre los aportes del Concilio y su adecuada “hermenéutica”, con el fin de superar contraposiciones e interpretaciones sesgadas que han seguido pesando en la Iglesia. Todo ello explica que muchas personas se sientan menos condicionadas por las interpretaciones comunes del Vaticano II, y deseen integrar aspectos de la vida de la Iglesia dejados de lado en estas décadas. Lo cual ha sido especialmente visible en la Liturgia, por la mayor difusión de la forma litúrgica previa a la reforma de Pablo VI. Esto no tiene por qué ser negativo si es que se presenta, sinceramente, como propuesta de enriquecimiento y reconciliación de la Iglesia con su propio patrimonio, y no como intento de “ruptura” o de contraposición hacia la reforma posterior al Concilio. En este sentido, la misma Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la Liturgia  destacaba ya que la Iglesia “concede igual derecho y honor a todos los ritos legítimamente reconocidos y quiere que en el futuro se conserven y fomenten” (n. 4).

Es indudable, sin embargo, que también hay quienes últimamente cuestionan al mismo Concilio. Pero tampoco aquí es conveniente ponerse “a la defensiva”. Más bien habría que procurar comprender qué ha impedido que la riqueza teológica del Vaticano II sea positivamente acogida (posiblemente algunos comportamientos extremos y reivindicaciones demasiado ideológicas). Por otra parte, una recuperación precisa del mensaje conciliar, así el reconocimiento que el mismo no impide una mayor diversidad de “sensibilidades” al interno de la comunidad eclesial, facilitará, a quienes tienen ciertos prejuicios, a acercarse más positivamente a los aspectos de la fe que el Concilio Vaticano II ha destacado. Además, como sabemos, el Concilio no pretendió ser “dogmático” ni aportar enseñanzas “definitivas”, como tampoco “oficializar” ninguna escuela teológica; sino simplemente abrirse positivamente a los retos del mundo contemporáneo. Por eso me parece que, también aquí, tenemos el reto de practicar lo que el mismo Concilio señaló como un principio fundamental para la comunión, en su Decreto sobre el ecumenismo: “Guardando la unidad en lo necesario, todos en la Iglesia mantengan la debida libertad, tanto en las varias formas de vida espiritual y de disciplina como en la diversidad de ritos litúrgicos e incluso en la elaboración teológica de la verdad revelada; pero en todo practiquen la caridad” (Unitatis redintegratio, n. 4).

También hay voces que dicen que todavía falta mucho para realizar los proyectos e ideas, así como las convicciones y deseos del Concilio, el cual necesitaría por lo menos medio siglo más para su realización. ¿Qué piensa usted? 

Pienso que mucho se ha actuado de lo aportado por el Vaticano II. Y que sería imposible enumerar completamente todo lo efectivamente concretado en lo espiritual, teológico, canónico, pastoral, ecuménico, social, y demás… Por otra parte, también es verdad que hay temas pendientes, como la vivencia mucho más concreta de la dimensión misionera de todas las iglesias particulares, especialmente en su aspecto ad gentes; el fomento de la vida litúrgica en todo el pueblo de Dios, como deseado por Sacrosanctum Concilium; el compromiso más incisivo y concreto de los laicos respecto de las realidades temporales; o, la incidencia de la dimensión “escatológica” en la vida de la Iglesia y su misión de evangelización. Y tal vez otros más. En todo caso, tampoco se puede esperar que el Concilio dé respuestas puntuales a todas las cuestiones actuales. Cada época trae cosas nuevas. Precisamente por ello el mismo Concilio instituyó los sínodos, para que la Iglesia pueda abordar, periódicamente y en comunión, las cuestiones pastorales de actualidad. 

En general, podríamos decir que el Concilio “abrió” varios temas y dejó a la Iglesia su consideración y desarrollo posterior. Y que se puede caracterizar más como “impulso” que como “programa detallado”. Es así que el Beato Pablo VI, en el discurso de clausura del Vaticano II, señalaba que, si bien “el Concilio entrega a la posteridad el patrimonio de la doctrina y los preceptos de la Iglesia, es decir, el depósito que Cristo le confió”, al mismo tiempo “muchas cuestiones planteadas durante la celebración del Concilio esperan aún su solución conveniente” (7 de diciembre de 1965). El caminar de la Iglesia se va haciendo y renovando poco a poco. 

El Concilio Vaticano II, con los cambios y reformas que proponía, ¿tiene todavía importancia para el presente, o ya ha pasado a la historia? Los nuevos desafíos como el reciente Sínodo de la familia o la práctica de la fe en el trato con los inmigrantes y refugiados son más importantes, o los documentos del Concilio nos pueden decir algo todavía? 

Como acabo de señalar, el Concilio sigue teniendo “qué decir”. Incluso porque algunas cosas a las que dio especial importancia, como su amplia enseñanza sobre la Revelación (en Dei Verbum), la Iglesia (en Lumen Gentium) o el pecado y el mal (en Gaudium et spes), se fueron dejando un tanto “de lado”, y no se las ha utilizado suficientemente como el “marco” adecuado para tratar las cuestiones más puntuales y “debatidas” posteriormente (organización eclesiástica, ministerios, temas socio-políticos, etc.). Y es que me sigue sorprendiendo el gran desconocimiento que encuentro, incluso entre los ministros de la Iglesia, sobre el Concilio Vaticano II, su historia y sus contenidos. No se conoce sus documentos. A lo más, se afirma del Concilio vaguedades y “lugares comunes” que, por lo general, corresponden más a interpretaciones y expectativas ideológicas que a lo efectivamente resuelto y entregado a la Iglesia. Por eso, cuando formé parte dela Comisión de Magisterio de la conferencia episcopal, y ahora también desde la Comisión de Ministerios que presido, con ocasión de los 50 años del Vaticano II que comenzó con el “Año de la fe”, hemos publicado y difundido síntesis muy didácticas y completas de los documentos conciliares. Así como también un ciclo de conferencias, con material audiovisual, sobre la historia y contenidos del evento conciliar, que ha supuesto un gran “descubrimiento” para muchas personas. Me parece que todavía es necesario “rescatar” el verdadero Concilio. Porque es imposible “ir adelante” en la vida eclesial sin haber asumido todo lo que el Concilio fue y lo que todavía puede ofrecer a la Iglesia, sea para recuperar la riqueza de su enseñanza, como para corregir interpretaciones deformadas.

Seguramente conoce el “Pacto de las catacumbas” y sus declaraciones. ¿Tuvo este “pacto” efecto en la Iglesia? El actual Papa Francisco sí seguiría estos ideales. ¿Cómo lo califica usted? 

El llamado “Pacto de las catacumbas” fue un compromiso entre unos 40 obispos participantes del Concilio, cuando estaba por concluir, de llevar un estilo de vida y de relación con los fieles marcado por la sencillez, la simplicidad y la pobreza, especialmente en el lenguaje y el porte exterior. Como se trató de un compromiso personal, sin ánimo de presionar al Concilio o presentarse como modelos, se mantuvo en secreto y la mayoría de los nombres en el anonimato. Sin embargo, es indudable que marcó un particular “estilo” episcopal, particularmente en América Latina. Caracterizado por la presencia en ambientes marginales, de particular sensibilidad por la justicia social y los derechos humanos, de “descomplicación” litúrgica, de frecuente denuncia por las estructuras de pecado, etc. De aquí la relación con el estilo episcopal de Jorge Mario Bergoglio. No tanto, pues, directamente, ya que Francisco se enteró del “Pacto de las catacumbas” y de sus firmantes recién siendo Papa, cuando se lo hizo llegar Pedro Casaldáliga, sino a través de compartir ese “estilo” episcopal propio de muchos obispos del continente.

Pero me parece que, más allá de esas características, hay un aspecto más propio del Papa Bergoglio, que con frecuencia se descuida, si bien no ha faltado quien lo haya puesto de relieve, y que es su espiritualidad ignaciana, la espiritualidad de los “Ejercicios espirituales” de San Ignacio de Loyola. La cual se manifiesta en su constante interpelación tipo “examen de conciencia”, para “purificar” la intención, “ubicarnos” íntimamente frente a Dios, renovar de corazón la disponibilidad y escoger lo “esencial” dejando de lado lo superfluo. Considero que es como una “clave de lectura” de su pontificado. Como si Francisco quisiera dirigir los “Ejercicios espirituales” a toda la Iglesia. De aquí que su Magisterio tienda “ordenar la vida” de toda la Iglesia, y principalmente la de sus pastores. ¿Que esto pretendió también el Concilio? Podríamos decir que sí, por supuesto.

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