Pontificia Universidad Católica de Ecuador

Quito, el 17 de febrero de 2016

Dr. Florian Schuller  

También un ojo puede ser intelectual 

Acerca del valor de una Academia Católica 

Padre Vicerrector,

Muy estimados miembros de la Pontificia Universidad católica,

Señoras y Señores: 

Muchísimas gracias por permitirme a hablar ante ustedes. Para mi esta invitación significa un gran honor, y al mismo tiempo un reto. Pues mi tarea consiste en contarles de mis experiencias en nuestra Academia Católica de Baviera. Sin embargo, no conozco en ninguna medida la situación y los desafíos a los que ustedes han de enfrentarse en su país. Por lo tanto, en los siguientes 45 minutos, mis reflexiones deberían ser para ustedes solamente una oferta para comparar lo que les podría interesar, o, al contrario, lo que de ninguna manera les ayudaría. 

Para mí, los hasta ahora 16 años en la Academia Católica de Baviera han significado un tiempo maravilloso. Por ello estoy muy agradecido. Y estoy igualmente agradecido de que en los países de habla alemana exista la posibilidad de que la Iglesia esté presente en el discurso intelectual y espiritual de la sociedad a través de instituciones como las Academias.

 I. Doble codificación genética

¿Pero, cuál es la idea directriz que impulsa las Academias Católicas en los países germano-hablantes? Casi se podría usar la expresión proveniente del lenguaje de la biología y hablar de “doble codificación genética”. 

  1. Experiencias de la ruptura cultural 

El primer componente genético (o “ADN”) son las experiencias de la época del Nacionalsocialismo. La mirada hacia el abismo, el hecho de que seres humanos pueden caer en la culpabilidad y la violencia, destruyendo vidas y pisoteando la dignidad humana. Debido a ello, después de 1945, se ha dado la exigencia de “Nunca más”, la cual - también en las iglesias - puso en evidencia la obligación de participar intensivamente en los debates de la sociedad, enfatizando los valores cristianos. Al principio se formaron las Academias (evangélico-)luteranas, pero poco después les siguió la Iglesia Católica. 

  1. El “aggiornamento” del Segundo Concilio Vaticano 

El otro “ADN” de las Academias Católicas lo proporciona el Segundo Concilio Vaticano de 1962 a 1965. Lo que en aquel tiempo se denominaba “aggiornamento”, el Papa ahora lo llama “salida”. 

Por cierto, quizás no haya sido el menor de los resultados del Concilio, el de que se sellara en Roma el hermanamiento entre Múnich y Ecuador, por los arzobispos cardenal Julius Döpfner y Bernardino Echeverría, que posteriormente también fue cardenal. 

  1. Nuevos desafíos 

Este doble fundamento espiritual sigue surtiendo efecto. Sin embargo, también hay tareas completamente nuevas que tienen las Academias Católicas – debido a varias causas:

  • debido a una constelación cultural-espiritual global radicalmente distinta que existe fuera y dentro de la Iglesia
  • debido a la globalización de la economía
  • debido a fundamentales rupturas sociales, y
  • debido, por último, a desafíos políticos para el futuro común del mundo y el respeto a la dignidad humana.

  II. Triángulo de las relaciones 

Si frente a todo esto, una Academia Católica debe actuar de manera útil, razonable y guiada por el objetivo, se requiere una interacción de tres grupos agentes principales. Este triángulo se caracteriza por los siguientes tres puntos angulares: 

  1. Obispos 

En primer lugar, se trata de los titulares de los cargos de la Iglesia, que son, naturalmente y sobre todo, los obispos. Además de ellos son los responsables de los distintos niveles de la dirección de una diócesis. Ellos también necesitan contactos, encuentros y conversaciones, sugerencias y ofertas para la reflexión tranquila, el descubrimiento de nuevas perspectivas o impulsos externos, como de los que puede disponer especialmente una Academia, que debería actuar como una Comisión de expertos (un “Think Tank”) de la diócesis o de una conferencia episcopal.

  1. Expertos 

El segundo grupo agente principal lo constituyen los científicos o expertos invitados, particularmente personas que por el testimonio de su vida merecen atención y respeto. Como ponentes o interlocutores especialmente cualificados en determinados temas ellos mantienen la calidad del contenido de los actos organizados por la Academia; por eso el prestar atención a un alto nivel en el momento de elegir los ponentes y los temas es una particularidad de las Academias. 

  1. Interesados/intermediarios/determinantes 

El tercer grupo de agentes principales de una Academia son, por un lado, aquellos que se podrían denominar “multiplicadores”, es decir, los que están presentes en la cultura, en la economía, en la política, en los medios de comunicación, los que por su capacidad de actuar y de tomar decisiones pueden posibilitar transformaciones, que son, por tanto, los que desempeñan un papel importante en los distintos grupos de la sociedad. 

Por otro lado, se trata de hombres y mujeres altamente motivados e interesados, que se ponen en camino a través de su tiempo, confiando en la asistencia del Espíritu Santo, pero que al mismo tiempo están convencidos de que han de prestar, actuando con responsabilidad y sentido real, de manera testimonial y profética, un servicio en su sociedad. 

III. Lucha contra la “sagrada simpleza” 

Sin embargo, para que esta interacción triangular pueda funcionar razonablemente, es necesario que todos queden sostenidos por una convicción común. A esta convicción básica la llamo “lucha contra una sagrada simpleza”. Me refiero al sociólogo francés Olivier Roy. Él investigó grupos musulmanes, a continuación amplió su tesis al área cristiana y la asentó en su libro “La sainte ignorance” (“La santa ignorancia”). La tesis es, la cito: 

La secularización no borró lo religioso..., la secularización y la globalización obligaron a las religiones a desprenderse de la cultura, a entenderse autónomas.” 

Quiere decir que a la misma medida que la cultura social va perdiendo su anclaje cristiano, los distintos individuos huyen a los nuevos movimientos religiosos. No sorprende, opina el sociólogo francés, que en la actualidad los Pentecostales, que crezcan con fuerza y – si lo entiendo correctamente – justo aquí, en América del Sur, se extienden mucho.

Las consecuencias son drásticas. Primero, con la desculturización de lo religioso conlleva a menudo el rechazo al saber y la educación. Y cito de nuevo: “Llevado al extremo, el rechazo a la cultura profana se convierte en desconfianza incluso frente al saber religioso, debido a que se piensa que el saber no es necesario para la propia salvación, y, en segundo lugar, a que el saber pueda distraer de la Fe verdadera.” 

Para decirlo en palabras del Papa Pablo VI en su exhortación apostólica (tortatio apostolica) “Evangelii nuntiandi” de 1975: “La ruptura entre el Evangelio y la cultura es, sin duda, el drama de nuestra época.” 

IV. Cuatro dimensiones del diálogo 

Un proyecto contra la “sagrada simpleza” ya lo redactaron en 1957 los siete obispos fundadores de nuestra Academia Católica de Baviera. Ya que en el artículo 2 de nuestro estatuto se habla acerca del objetivo de la fundación:

La Academia Católica de Baviera tiene la tarea de aclarar y fomentar las relaciones entre la Iglesia y el Mundo. Esta tarea abarca:

  • La profundización de la cosmovisión católica,
  • El encuentro de la Fe y el Mundo en mutuo intercambio, y,
  • El fomento de la formación educativa católica”. 

En todo ello, los obispos nunca entendían por “formación educativa católica” solamente una formación religiosa o catequística. Más bien comprendían el término “educación” siempre con la mirada dirigida al hombre en su totalidad, en todas sus relaciones sociales, políticas y culturales, es decir, lo entendían como “la cultura” en un sentido amplio. 

Esta idea se puede ilustrar de forma excelente citando de un discurso de José Mario Bergoglio. El ahora Papa pronunció este discurso en un congreso de 1985 en Buenos Aires celebrando el aniversario de la llegada de la Compañía de Jesús en Argentina hace 450 años. En aquel tiempo era rector del Colegio y ejerce  el cargo de Presidente de la Academia. El título del congreso fue: “La evangelización de la cultura e inculturación del evangelio”. 

El Padre José Bergoglio definió el término “cultura” de la siguiente forma: “Es la cumbre del arte de los pueblos, la cima de su técnica, es lo que permite que sus organizaciones políticas busquen el bienestar social, y que su filosofía explique su ser, y que a través del culto, sus religiones se unan con lo transcendental.” 

Todas estas dimensiones representan exactamente los puntos de referencia para la tarea eclesiástica de cultura y educación, y en especial también de las Academias Eclesiásticas. 

Si estas tareas se unen a los grupos de referencia antes mencionados, es decir, los responsables de la Iglesia, los expertos y las mujeres y hombres cristianos interesados, así como a las personas que deciden en la sociedad, si esto se hace, entonces se dan como resultado cuatro dimensiones en el programa de una Academia Eclesiástica. 

  1. Examen crítico de uno mismo en el catolicismo 

Las Academias dan énfasis a la necesidad de la educación, la educación, que es justamente la “lucha contra la sagrada simpleza”. Constituye uno de los puntos esenciales en la promulgación del Papa Benedicto XVI, es decir la relación entre la razón y la fe. El Papa siempre realzaba: la fe purifica la razón. Más la razón también purifica la fe. La fe sin reflexión no es cristiana, y menos aún es fe católica. Por lo tanto, se exige una profundización del saber creyente. 

En igual medida es fundamental la reflexión en la práctica de la fe. Pero una práctica no entendida solamente como oración o servicio religioso, sino también con vistas a las consecuencias prácticas de mi pensar y de mi actuar en el ámbito individual y social. 

  1. Ventanas y puertas abiertas 

Santo Tomás de Aquino escribió mucho sobre las llamadas Cuatro Virtudes Cardinales: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Y razonó el orden de importancia de las virtudes. La más importante es la prudencia, porque es ella la que ayuda a percibir las cosas como realmente son. 

Una Academia Eclesiástica debería ser algo semejante a una ventana abierta, una puerta abierta, para concienciar dentro de la Iglesia las experiencias de otras personas. Hay diversos elementos que figuran en los temas de una Academia que podrían contribuir a una ampliación del horizonte. 

Quisiera mencionar, por ejemplo, la invitación de personas contemporáneas interesantes, en las que uno apenas podría pensar, debido a que casi no se las relaciona con la Iglesia. Un ejemplo para ello podría ser aquella noche cuando en nuestra Academia Católica de Baviera habíamos invitado a una conversación, con el entonces cardenal Joseph Ratzinger, al más famoso filósofo de Alemania, Jürgen Habermas, quien se autodefinió de “extremadamente no armónico con la religión“. Fue una velada de la que todavía se habla y no sólo en Alemania. 

No hay que olvidarse de temas de las ciencias naturales y la técnica. Sin embargo, sería importante que, a nivel de una Academia, científicos, técnicos, y también médicos discutiesen juntos con éticos, con teólogos morales, con dogmáticos, sobre valores estándar acerca de cuestiones límites que también preocupan a los científicos. 

Finalmente quisiera mencionar todavía un área que para mí es muy importante; se trata del arte: la literatura y el teatro, la música y las artes plásticas. El arte indica como un sismógrafo lo que se siente o lo que se vislumbra, lo que se teme o se espera en la sociedad. El arte provoca a la teología. 

  1. Intérpretes de la Fe 

Las Academias se dirigen también a las personas que mantienen una posición distanciada frente a la Iglesia, mostrando así la infinita riqueza de la tradición cristiana. Las Academias trabajan en cierto modo como intérpretes para aquellos que ya no entienden nuestro lenguaje de la fe, y a veces ni siquiera saben que es aquello que para nosotros, los cristianos, es realmente importante. 

  1. Foro para todos 

Cuando las Academias se hayan acreditado, y, mediante su labor, hayan conseguido reputación publica, entonces pueden representar algo como un reconocido foro para todos .

En este foro se tratarán las cuestiones generales de una sociedad, más allá de posiciones religiosas o filosóficas. Se tratará alrededor de la cuestión: ¿Qué es lo que mantiene unida a la sociedad? Habrá algunos que lo denominarán la búsqueda de un nuevo humanismo que propugne la dignidad humana y que partiendo de la sociedad obtenga consecuencias políticas y sociales. Otros esperarán un consenso moral  y social. E incluso habrá otros que han de tomar decisiones importantes día a día y querrán encontrar pautas para actuar de acuerdo con su conciencia. Es una gran oportunidad para la Iglesia. 

Esto me lleva directamente al siguiente punto. 

V. Localización teológica 

Antes de que les presente con más detalles nuestra estructura de Múnich, quisiera añadir un paso intermedio resumiendo brevemente, la localización teológica de aquellas tareas y dimensiones de las Academias Eclesiásticas de las que hemos hablado hasta ahora. 

  1. Reconocimiento de la libertad 

Las Academias Eclesiásticas representan y realizan el reconocimiento de la libertad de cada individuo. Muestran que la modernidad no solamente se puede ver como un proceso de degradación cultural y espiritual, sino como un desarrollo positivo, por el que nosotros, los cristianos, estamos agradecidos. El reconocimiento de la libertad de los interlocutores no cristianos invitados – pero también de los cristianos con postura crítica – no será siempre acogido con beneplácito dentro de la Iglesia. 

  1. Valentía para los encuentros 

Para nosotros, los cristianos, el encuentro con cualquier persona, por muy distinto que piense de nosotros, es un encuentro con la – en el sentido del Antiguo Testamento - “imagen y semejanza de Dios”, o – conforme al Nuevo Testamento – con un “hijo del Padre”, por lo tanto con un hermano o una hermana. Realmente no puede haber ninguna misión más elevada y ningún motivo mejor, aún para encuentros difíciles. 

Sin embargo, el miedo es un mal consejero, en concreto si se trata de un diálogo o de un encuentro. Quizás nos ayude en la postura de tener valentía para el diálogo, especialmente a nivel de las Academias, echar una mirada a los aforismos del filósofo – seguramente bien conocidos por ustedes – Gómez Dávila. En su obra dice, lo cito: “Entre oponentes inteligentes existe una simpatía secreta, ya que todos debemos nuestra inteligencia y nuestras virtudes a las virtudes y la inteligencia de nuestro adversario.” 

  1. Ubicación acreditada de la Iglesia 

Las vías del trabajo de las Academias hasta ahora descritas llevan a un discurso comunicativo y racional del examen crítico de uno mismo, a la posibilidad de presentar la fe y sus consecuencias morales a la sociedad, o bien a la conversación con contemporáneos dispuestas al diálogo. 

Con ello también se establece de manera bastante exacta la ubicación intraeclesiástica, denominada Academia: no en un espacio interior de la Iglesia, sino el lugar donde se cruzan las perspectivas interior y exterior respectivamente de la fe. Fue el cardenal Döpfner, quien durante el estreno de nuestra Academia en el año 1962 lo formuló de la siguiente manera: La Academia se encuentra en el margen de la iglesia, pero acogida por el centro. 

VI. Estructuras 

Toda tarea y acción exigente en este mundo requiere una realización práctica. Dicho en otras palabras: se necesitan estructuras útiles. Permítanme, pues, que tome como ejemplo nuestra Academia Católica de Baviera. No como un ideal o modelo; sencillamente les cuento un poco de nosotros. 

  1. Academia de siete diócesis

En el año 1957, las siete diócesis de Baviera , fundaron juntas la Academia Católica de Baviera, y le concedieron una base jurídica y estructural sumamente estable. Desde entonces forman la base de nuestra institución y subvencionan el presupuesto en sus dos terceras partes. Un tercio lo tenemos que generar nosotros mismos a través de arrendamientos, entradas, donaciones etc. Pero la Academia puede existir solamente si todos los obispos participan, y si el Arzobispo de Múnich y Freising pone su mano protectora sobre la Academia. 

  1. Academia municipal 

El promotor decisivo fue el cardenal Joseph Wendel, arzobispo de Múnich y Freising a partir de 1952 y fallecido el día de Nochevieja del año 1960. A mediados de los años 50 había impulsado las deliberaciones para fundar una Academia Católica. En aquel tiempo pues existían dos conceptos. 

El primer concepto seguía la idea de que la Academia debería facultar a los laicos a cumplir sus tareas como cristianos en el mundo. Por lo tanto se debieron ofrecer cursos para conseguir una calificación teológica y política social. El segundo concepto: La Academia debería ser un lugar oficial de la Iglesia en el que se realiza el diálogo con todos los representantes importantes de la sociedad. 

El Cardenal Joseph Wendel se decidió inequívocamente por el segundo concepto, lo que tuvo como consecuencia que no se buscase algún paraje idílico situado en un tranquilo paisaje armónico, sino que la Academia se emplazó ejemplarmente en la capital de Baviera, es decir en Múnich. 

  1. Interconexión 

Los obispos fundadores nos proporcionaron tres gremios consultivos: el Consejo Científico, la Comisión Educativa, y el Consejo General: Sus miembros se proponen, y son nombrados por el arzobispo de Múnich. Los tres consejos reflejan el trabajo de la Academia y dan propuestas para futuros programas. 

En el Consejo Científico por ejemplo se reúnen 24 catedráticos de universidades de Baviera, no solamente teólogos. Ellos son como el “braintrust” de la Academia. En su papel de consejeros podemos consultarlos en el momento de planificar los eventos; además representan a la Academia en sus distintas Universidades. 

  1. Subsidiariedad 

Cada uno de los tres gremios delega tres representantes previamente votados. Estas nueve personas forman, junto con el director de la Academia, la llamada “Dirección de la Academia”, la cual fija las líneas básicas de orientación tanto del contenido como de la estructura. Del programa concreto ha de responder sólo el director de la Academia. No hay especificaciones de obispos o limitaciones temáticas o personales. El sistema funciona mientras exista una confianza básica de los obispos en el director de la Academia, y éste, recíprocamente, no abuse de su confianza. 

En la doctrina social católica se habla mucho de la subsidiariedad, actualmente también se discute cómo se podría organizar las relaciones entre Roma y las distintas diócesis basadas en ella.   Pero también por debajo del nivel de la diócesis o de los obispos, la subsidiariedad es vital para la Iglesia. Y la gran libertad, que es una característica de las Academias Eclesiásticas, las convierte en lugares privilegiados de subsidiariedad en la Iglesia, porque es ahí donde se puede pensar y hablar con gran libertad. 

VII. Diaconía del ojo intelectual 

Hay un reglamento eclesiástico de la Antigüedad tardía procedente de Siria, el llamado “Testamentum Domini”, redactado en el siglo V. En este escrito se detallan también las funciones del diácono. No sucede sin razón que las tareas de las Academias Eclesiásticas se comprendan como diaconía, como diaconía social y espiritual. Por eso quisiera  citar a continuación cuatro frases de este testamento, los cuales resumen lo que hoy en día podría ser una Academia Eclesiástica. 

1)         “El diácono hace y comunica solamente lo que el obispo le encarga. Es consejero de todo el clero entero y algo como el símbolo de toda la Iglesia.”

Una realización actual: El trabajo de la Academia es trabajo particularmente episcopal, más allá y aparte de las estructuras comunales, en directa responsabilidad frente al obispo, o frente a una conferencia episcopal, respectivamente. 

2)        “Él va a los catecúmenos en sus hogares para animar a los vacilantes e instruir a los ignorantes.”

Una realización posible: Hoy en día, se trata de mirar de nuevo y detalladamente la fe en sus enunciados centrales, de animar e instruir a los ignorantes – pero esto no significa una instrucción indiscutible. Es más bien enseñar una vía posible de acceso “al hogar del catecúmeno”, donde vive.

 3)        “Él divulga a la comunidad los nombres de aquellos que requieran ayuda.”

La realización: Las Academias tienen también una tarea proclamatoria: Tienen que clamar y ser muy explícito, indicando donde existen situaciones penosas que provocan miseria y hacen sufrir a las personas.

También el Papa Juan Pablo II usó teológicamente aquel término, que había formulado la Teología de la Liberación: en el mundo no solamente existe el pecado individual, sino que también existe el pecado estructural de situaciones indignas para los hombres. La Iglesia está llamada también a denunciarlas públicamente. 

4)          “Si el diácono ejerce en un municipio situado al lado del mar, debe buscar en la orilla por si las olas han arrojan el cadáver de un náufrago. Debe vestirlo y darle sepultura.”

Esta cuarta frase es una imagen fascinante: la ciudad en el mar, donde el diácono va por las playas en busca de náufragos. El Papa Francisco siempre nos vuelve a recordar: la Iglesia ha de ir a los márgenes, a los márgenes de la sociedad.

La realización de esta cuarta frase: Hay que ir a las áreas espirituales marginales de nuestras sociedades y buscar en las fallas y los arrecifes, allí donde fracasan las esperanzas humanas. Las Academias son  puestos avanzados, pero no han de comprenderse como una atalaya que solamente emite su luz, sino como puestos en el asiduo camino personal y laborioso en el linde entre tierra firme y el abismo caótico.

Así llegamos finalmente a la resolución del – algo críptico – título principal de  las presentes deliberaciones, que es: “También un ojo puede ser intelectual”. Ya que el “Testamentum Domini” atribuye al diácono – y con ello (según nuestra interpretación ampliada) también al servicio de una Academia - que sea esto, el diacono: “en todo como el ojo de la Iglesia”.

 

 

Dr. Florian Schuller

                                                               Dr. Florian Schuller

 

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